
Material desnudo, formas simples, una estética austera. En la lista de la materialidad puesta en juego entra en primer plano el hormigón armado, se lo visualiza como poco delicado, pero profundamente resistente. La película que lleva por título el estilo arquitectónico mínimamente descripto parece ubicarse en las antípodas de esta caracterización.
Un hombre llega a los Estados Unidos huyendo de la posguerra, tratando de armar su vida en otra parte. Son pocos los datos que tenemos de él. Lo vemos resistiendo y cayendo de manera oscilante. Nos enteramos antes de él y con él luego, que su mujer y su sobrina están vivas, aunque sin posibilidad de reunirse con él.
Somos testigos de las injusticias que sufre, algunas mayores que otras, y de los lazos que arma. A medida que avance el filme sabremos cosas de su pasado.
Algo en la propuesta parece llevarnos a creer que el personaje es real pero no. Y ahí empieza a tallar el magnífico lenguaje del cine cuando se propone en su máximo esplendor: superposiciones de imágenes, lo sonoro permaneciendo frente a lo visual en retirada, la marca indeleble de los detalles. Nos harán pasear por sitios inimaginados, con planos imprevisibles, con un guion que avanza, sorprende, vuelve atrás en el tiempo y se articula con el pasado en el presente y con el presenta en el pasado, también.
Cine que cuenta una historia y lo bien que la cuenta. Que construye personajes magníficos, con matices, que nos hace aventurar en el mundo arquitectónico real aunque el arquitecto sea un personaje construido.
Una película de muchos minutos que se pasan como no lo fueran. Con un ritmo que se mantiene y no hay un ínfimo golpe bajo -aunque por la prehistoria bien hubiera podido haberlo-.
El final es brillante y resignifica un monumento-edificio que ocupa una buena parte de la película como núcleo, como centro de deseo y de interés, y lo hace de un modo muy particular.
Inteligente, disfrutable. Una hermosa película para ver.
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